Imagen: “World travel landmarks set” en Getty Images. Crédito DimaChe 

 

 

En sus vacaciones a Egipto, un joven turista chino garabateó en el Templo de Luxor la leyenda: “Ding Jinhao estuvo aquí”. El incidente tuvo tal relevancia internacional que incluso el portavoz del Ministerio de Exteriores Hong Lei disculpó al infractor e hizo declaraciones sobre la buena conducta y el respeto que los turistas chinos debían a las leyes locales de los países que visitaban. Incluso se promulgó un acuerdo que exhortaba a los ciudadanos chinos a cuidar su comportamiento en el extranjero, con frases como “ser un turista civilizado es obligación de todo buen ciudadano” y “tener cuidado con las reliquias culturales”.

 

Muchos verán en el turismo una plaga que lleva sus malos hábitos a latitudes ajenas, erosionando vandálicamente los sitios patrimoniales. Otros verán una oportunidad de generar ganancias económicas a cualquier costo, aunque esto implique deteriorar los recursos locales. Mi intención al traer esta anécdota al blog es alcanzar a distinguir entre el turismo, así a secas, el turismo cultural y lo que llamaríamos el turista “culto”.

 

El turismo cultural se define como un viaje, traslado o desplazamiento cuya motivación principal es ampliar horizontes, buscar conocimientos y emociones a partir del descubrimiento de un patrimonio y de su territorio. Es una práctica cultural que requiere de disposición y tiempo. En palabras del arquitecto Juan Carlos Mantero, especialista argentino en Planificación del Turismo, el lema del turismo cultural seríadesplazarse para conocer. Pero desplazarse para conocer ¿qué? ¿Playas, monumentos, ruinas arqueológicas? Y más aún, para conocer ¿pero cómo?   

 

En el turismo cultural conocemos el patrimonio histórico, artístico o natural con todos sus componentes materiales e inmateriales que le son intrínsecos y como parte de la identidad de toda sociedad humana y de un territorio dado. Componentes elaborados, transmitidos y actualizados que tienen el potencial de ser una experiencia turística cultural. El patrimonio comprendería entonces: el patrimonio tangible, que remite a los sitios obra y producto de la humanidad o de la naturaleza, tales como museos, monumentos, lugares y localidades de arte, sitios arqueológicos; así como los sitios naturales o paisajes como reservas ecológicas, parques, etc. Y el patrimonio intangible, que remite a expresiones y fiestas tradicionales, gastronomía, costumbres y al saber/hacer del pasado y del presente.

 

Siendo así, el turismo cultural no es solamente pisar la ruina, tirar basura y hacerse las fotos. Una visita turística cultural tomaría en cuenta la transmisión y el gozo de la información y el conocimiento que provienen no sólo de la visita sino de la comprensión de un sitio en su dimensión material e inmaterial, en su historicidad y su relevancia en la actualidad.  

 

No hay tal cosa como un turista “culto”, pero sí existen los turistas curiosos, interesados y con voluntad de aprender y respetar. De la misma manera, hay promotores turísticos conscientes de que el turismo cultural da sentido e identidad en tiempos de globalización, que es indispensable como logística pero también como interpretación in situ para desplazarse sí, pero sobre todo para conocer.