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Travesía de la Escritura Historia de la literatura en México

Historiadores indios

Documentos de inapreciable valor humano para conocer el completo significado de lo que fue la Conquista son los textos en lengua mexicana, como el llamado Códice de Aubin o el Manuscrito de Tlatelolco, que, a más de ser un punto de partida para comparar los hechos que ahí se mencionan con los de otras relaciones, fijan, con la vehemencia del vencido, los horrores de una hora aciaga y hacen una intensa y angustiada exposición de la causa que perdieron. Sirvieron estos escritos también como base para que historiadores de ascendencia indígena consagraran su esfuerzo a dar a conocer en lengua española la historia de sus antepasados. Entre los principales historiadores indígenas están: Fernando de Alvarado Tezozómoc y Fernando de Alva Ixtlilxóchitl. Fernando de Alvarado Tezozómoc era sobrino de Moctezuma Xocoyotzin y cuñado de Antonio Valeriano, el primero y más sabio de los ayudantes de Sahagún. De Alvarado Tezozómoc se reconocen dos obras: Crónica mexicana, escrita en español, terminada hacia 1598, y la Crónica Mexicáyotl, de 1609, redactada en náhuatl. La primera, por sus dimensiones (110 capítulos), da la más amplia información del mecanismo de una mentalidad indígena que ordena y explica en lengua española la historia de su pueblo, sirviéndose de documentos como la llamada Crónica X, fuente común a Durán y a Tovar. Este valioso relato, a pesar de sus incorrecciones y asperezas, pone de manifiesto la concepción de la vida del antiguo mexicano y es, sobre todo, la expresión de una cultura. Por lo que se refiere a la Crónica Mexicáyotl, escrita en náhuatl, recoge materiales muy variados. Su valor literario está en los fragmentos de sagas y poemas épicos hoy perdidos en su primera redacción.

Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, nacido en Teotihuacan, fue colegial en Tlatelolco. En 1612 era gobernador de Tezcoco, y en 1617, de Tlalmanalco. Fue descendiente de Nezahualcóyotl, de sangre mestiza y autor de la famosa Historia chichimeca terminada hacia 1648. Esta Historia revela sus estudios humanísticos de Tlatelolco, pero la base de su obra está en los anales, pinturas y antiguos cantos. Acude, como Sahagún, a informantes que puedan ayudarlo a reunir material y encontrar el verdadero sentido de los símbolos y alegorías. Por el espíritu de amor y comprensión hacia el pasado indígena que la anima, expresado directamente en castellano, esta obra representa uno de los esfuerzos de mayor consideración para la conformación de una historia de los tiempos prehispánicos. Contiene, a más del valor histórico, otro nada despreciable de carácter literario: el tono mismo, ingenuo en sus exageraciones de grandeza, su habilidad descriptiva para pintar cuadros de costumbres con inestimable fidelidad y mediante un atractivo tratamiento fabuloso o legendario de pasajes que así lo requieren, etc. Alva Ixtlilxóchitl presenta una relación vívida que ha sabido guardar las esencias dinámicas y profundas del alma indígena.

Al tratar de los historiadores o cronistas de la época prehispánica, cabe señalar algunas distinciones que conviene tener en cuenta para evitar la inflexibilidad de las clasificaciones. En la parte correspondiente a la mención de los cronistas religiosos se omitió el nombre de Fray Diego Durán, que si por su condición debía haberse incluido en aquel apartado, su actitud frente a las antigüedades prehispánicas le dan categoría de cronista mestizo, considerando no su origen racial sino su efectiva incorporación a la antigua cultura mexicana que siente suya, porque en estas tierras creció, aprendió a amarlas y entender a la raza vencida. Este fraile dominico escribió la Historia de las Indias de Nueva España e islas de tierra firme, que no realiza totalmente el proyecto que se proponía, debido a sus enfermedades y muerte prematura (1587). Esta crónica es el ejemplo más elocuente de compenetración de culturas y el primer intento (anterior a Sahagún) de interpretación de textos indígenas, no sólo buscando la fidelidad, sino la transmisión pura de una emoción plenamente indiana, a través del lenguaje castellano justo, rico y correcto.

 

 

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